En los distintos foros internacionales se están dando numerosas conversaciones sobre las prioridades asociadas a la energía y como estas han cambiado en los últimos años.
En definitiva, en la mayor parte de las conversaciones, se identifica a la seguridad energética como prioridad, muy por encima de otros aspectos y alineada con la seguridad nacional. En el marco de la situación actual, que el primer Ministro de Canadá define como “el fin de una ficción agradable y el comienzo de una realidad brutal”, los países deberán asegurarse la producción de alimentos, la producción de energía y la seguridad de manera autónoma.
Para ejemplificar este contexto se menciona la dependencia europea respecto del gas ruso y la tendencia a dejar atrás el desarrollo nuclear para avanzar en otras formas de energía renovable (mayormente solar, dependiendo casi exclusivamente de China), como un error en la estrategia energética, explicando como estas decisiones han dejado al viejo continente en una posición debilitada respecto a su seguridad energética.
La pregunta que subyace esta conversación es si es posible alcanzar la seguridad energética y llevar adelante una transición sostenible y justa. La respuesta no es única ni global. De hecho, en Argentina, el impulso en la producción de gas y petróleo en Vaca Muerta es una política que impulsa no solo el abastecimiento local sino abre la oportunidad de exportar combustibles fósiles de menor intensidad de carbono, como son los proyectos en desarrollo de GNL.
Pero también se abren posibilidades diferenciales y específicas en distintas regiones del país, donde las capacidades para el abastecimiento energético pueden provenir de recursos naturales altamente extendidos en cada zona. Ejemplo de esto son los vientos de la Patagonia o los altos períodos de insolación anual en la región de Cuyo. Sin embargo, otras regiones cuentan con recursos antrópicos de alto valor para la generación de energía, como son los residuos orgánicos provenientes de la actividad agrícola-ganadera y los propios residuos urbanos de las ciudades.
La posibilidad de generar biometano a través del uso de estiércol y biomasa residual es una alternativa cierta para la generación de gas para el transporte de carga, para la descarbonización de distintos sectores de la industria y para el abastecimiento de localidades que no acceden a la red troncal de gasoductos. Los precios difieren sustancialmente de los del gas de yacimiento, pero los atributos sostenibles del biometano son altamente valorados por distintos eslabones de la cadena de valor productiva, sin contar los co-beneficios asociados como la producción de biofertilizantes y la gestión de residuos que implican un costo de gestión importante.
En definitiva, cada región con su solución y sin duda la innovación tecnológica trae posibilidades probadas de uso de residuos como fuente de energía, que aportan a la mentada seguridad energética y colaboran con el desarrollo local, construyendo posibilidades para los residentes de cada provincia y minimizando la migración en búsqueda de oportunidades laborales.
La adaptación requiere una mirada realista sobre el contexto para construir soluciones propias, específicas y orientadas a mejorar la calidad de vida de la población.